miércoles, 24 de junio de 2009

CARNET DE JUANCE

UNA SELECCIÓN DE ROBERTO HARKER VALDIVIESO SOBRE LAS MEJORES PAGINAS DEL CRONISTA SANTANDEREANO. -Bucaramanga 1969-
Cap. 1 EL SOLAR NATIVO
PARA DEFENDER LOS LUGARES HISTÓRICOS.
El doctor Samuel Arango Reyes, que a pesar de sus caprichos políticos es una persona de exquisita sensibilidad, se halla profundamente preocupado por la deshumanización, digámoslo así, de nuestros pueblos de provincia que van dejándose impulsar hacia un progreso que nunca alcanzarán abandonando en cambio lo poco o lo mucho que servía para darles su contextura histórica.
Nos hablaba especilamente, de San Juan de Girón, su villa nativa, en donde un hado fatídico ha entrado con el cemento a cuestas, para descargarlo en calles y plazas y tapar así el aspecto tradicional de la ciudad.
Hace algunos años nos decía en Bogotá don Juna Salgar Martín, que deseaba intensamente conocer a Girón, la tierra de sus mayores.
Gentes unidas a ellas por los lazos de las antiguas familias ya casi deaparecidas allí, dicen lo mismo y cuando alguna persona de importancia y de gusto, de ciencia y de letras visita a Bucaramanga, lo primero que se le ocurre no es irse a visitar a Palonegro, a pesar del sabor de gesta que tiene aquella regíon donde se libró la más larga de incuenta de las batallas americanas.
Lo primero qu se le ocurre es ir a conocer a Girón y recorrer los sitios poéticos de sus murallas, de sus ríos, de su quebrada de "Las Nieves" y preguntar dónde vivió don Juan Francisco Mantilla de los Ríos, dónde nació el doctor Juan Clímaco Ordóñez, cuál fue la casa de los Arangos, dónde vivían los Gutiérrez y los Martínez, los Salgar y los Ordóñez, los Valdivieso, los Angulo, y los Uribe y los Serrano.
Desgraciadamente, no ha habido un espíritu enérgico y amoroso que cuide de aquellas calles enantes empedradas, de aquellos patios sembrados de crotos, de naranjos, de mameyes, de limos y con grandes pilas de piedra en las esquina; de aquellos zaguanes anchos y largos, enladrillados con ladrillos autóctonos, traslúcidos y lisos, de aquellos alrededores sombreados de caracolíes y de palmas, de aquel río rumoroso y locuaz y todo aquello a que se apegó el cariño de muchas generaciones.
Ahora por ejemplo, no se puede gozar del infinito placer del baño en ese río que como el Tajo, parece sacar el pecho y hablar a los que pasan por sus orillas pidiéndoles un poco de respeto y de cultura.
En los Estados Unidos y en Europa, lo primero que cuidan las poblaciones son sus ríos, que parecen cultivar con mayor cariño que una planta, velando porque sus aguas se mantengan límpias, puras y saludables.
En Girón, la municipalidad o quien sabe quién cometió el desacato criminal de soltar sobre esas aguas por donde transita la historia generosa de la comarca, toda la basura y toda la porquería que la vida municipal va acumulando de manera que las alcantarillas vomitan continuamente los sobrantes de la ciudad sobre los pozos en donde uno se bañaba antes y pasaba unas horas de expansión dulcísima.
Ya la historia del río de Girón, pasó a ser una leyenda triste y el público sabe que no puede encontrar allí sino la repelencia y el peligro.
Samuel Arango Reyes, como buen hijo de Girón tiembla d pavor como hemos temblado nosotros, al pensar que los rasgos tradicionalistas de la ciudad de don Juan Francisco Mantilla de los Ríos vayan a desaparecer definitivamente.
Por eso tiene la idea feliz que todos debemos apoyar, de constituir en Girón y ojalá se haga en todas las demás poblaciones que tengan algo que defender y que conservar como mensaje del pasado, una sociedad de mejoras públicas encargada de dar el pase o rechazar los proyectos de edificación que se presenten y que tiendan a transformar el estilo ancestral. Porque lo que va a pasar si no se hace ésto, es que la audacia municipal irá acabando con lo poco que tengan esos pueblos como atracción histórica.
Ellos deben convercerse de que para ver calles bien asfaltadas, casa altas, bancos de cemento y pinos peluqueados a la moderna, las gentes irán a Bogotá y a Miami, a la Habana y a Río de Janeiro, pero no se quedarán conociendo las humildes mejoras de nuestros burgos que en una tarea alocada están suicidándose por semanas, como los negocios de los Checoeslovacos. (p21)
LA NAVIDAD
Los aguinaldos y la fiesta de navidad es de lo poco que nos queda en la escapada del tradicionalismo a que estamos asistiendo desde hace algunos años para acá.
El Corpus que fue una fiesta tan sabrosa, tan dulce, tan alegre, que nos traía en las frutas más originales el aroma del campo y nos ponía en tan íntima comunión con la tierra, fue desapareciendo poco a poco y sin saber a qué horas para reducirse a monótonas retualialidades religiosas.
Nada ha venido a sustituir el encanto mañanero de los jueves de Corpus, cuando salíamos a la plaza del pueblo para visitar los altares y los arcos llenos de naranjas, mangos, aguacates, bananos, chipamplonas, pachuacas, champas, chirimoyas, anones, piñas, mamones, que colgaban frondosamente de pequeñas mochilas multicolores y eran como un símbolo de la fertilidad comarcana.
El folclorismo local, daba sus mejores producciones en ensaladillas chispeantes que acompañaban la tradcional iguana o el terrígena armadillo o la alegre mirla o el ligero pechi colorado.
La navidad y los aguinaldos conservan todavía su eficacia enternecedora y el alma popular parece reanimarse por estos días en bellos éxtasis familiares y sociales, para poner de buen humor a la tía o a la hermana mayor que salen cordiales a las tiendas en busca de los regalos con que hayan de patentizar su cariño y su benevolencia.
Por eso en estos días las calles de la ciudad se ven atestadas de gentes de toda clase, condición, categoría y pelambre que van de almacén en almacén y de tienda en tienda cargadas de envoltorios que dan al costumbrismo local cierta animación encantadora. (p.23)
LA ARQUITECTURA MODERNA
Cada vez que voy a Girón, me encuentro en la histórica villa con un adefesio más que contribuye a restarle ese decoro histórico que es el orgullo de la población, y que constituye lo mejor de su razón de ser.
Un día es una hilera de ventanas modernas, otro día es una casa de cemento, otro día un ático despampanante, otro día un portón con celosías y perendengues, pero núnca se adivina por parte alguna el propósito de mantener el estilo uniforme que le dejaron los españoles.
Esta misma observación he tenido la pena de hacer en muchas poblaciones de sabor tradicionalista, que van deslunstrándose y destiñéndose sin que ellas mismas se den cuenta de que lo que les está pasando es nada menos que la misma muerte.
Hace algunos años insinué la urgencia de establecer en cada pueblo nuestro, una sociedad de embellecimiento y mejoras públicas que tuviera por principal misión detender a la localidad del ímpetu modernizante de sus vecinos, que regule las tareas de edificación y reedificación y la sometiera a planos rigurosos, que mantengan la uniformidad en el estilo.
Si algo bello y algo atrayente ha tenido Girón, ha sido su sabor colonial, revelado en aquellos balcones volados sobre la plaza, por donde parecía que en las horas de la noche paseaban sus preocupaciones los grandes señores de la villa, y aquellos zaguanes y aquellas salas de ladrillo criollo, siempre translúcido y brillante, y aquellos patios empedrados con la dura piedra del río, y en donde dan sombra propicia un naranjo y un mamey y una mata de uva y unos icacos.
Si en algo hemos pecado contra la belleza y contra la comunidad, es en la arquitectura al adoptar los estilos modernísimos que inventó para las grandes metrópolís norteamericanas la carestía del terreno, para remplazar aquellos caserones antiguos, donde crecían y se multiplicaban las patriarcales familia correteando por largos aposentos y trepándose a las paredes altísimas y saltando a los árboles del patio y del solar sin que estorbaran en parte alguna y por el contrario con un dominio pleno del mundo.
Eran las casas que se adquirían después de cerciorarse el comprador de que tenían buena pesebrera y buen solar para que pastara el caballo en donde hacía sus excursiones callejeras el niño mayor que ya fumaba, como el poema de Octavio Amórtegui y la mula del padre, que venía los viernes del campo lejano y se volvía los domingos por la mañana y la vaca de leche que por la tarde llegaba de Campo Hermoso para dar la leche fresca, abundante y sana a toda la familia.
No es posible que dejemos avanzar impunemente esta tarea demoledora y torpe, ya que en las capitales nos tocó ceder a la piqueta demoledora y al estilo jocoso de las edificaciones y mantengamos la tradición por lo menos en las poblaciones pequeñas, donde el pasado puede recibir todavía un culto generoso y sincero. (p.25)
RECUERDOS DE GIRÓN
Las épocas de la navidad eran en los años de mi infancia las más llamativas y alegres. era la revancha que contra todas las injusticias nos tomábamos los muchachos, contra los hombres grandes y respetables.
Esa temporada nos constituía a los ocho o diez miembros de la oligarquía de Copito en los seres afortunados del pueblo.
Se repicaba desde las tres de la mañana hasta las doce y media de la noche, pero como en casa no se me dejaba salir a la calle ni después de las ocho de la noche ni antes de las seis de la mañana, cuando ya había entrado la última vaca de leche, solía vender a algunos de mis compañeros este turno.
Aún me acuerdo con fricción y cariño de aquellas ascenciones a la torre para coger la campana de mi predilección cedida especialmente por Copito que era el campanero mayor.
Subíamos a las once y media de la mañana para el gran repique de las vísperas de fiesta, hacíamos el sacramental nudo de lazo de las campanas en la mano, y esperábamos con el sigiloso afán que hoy se espera la orden para soltar la bomba atómica a que el reloj diera la última de las doce campanadas, y cuando esta sonaba, comenzaba aquel repique técnico y único quizá en todas las iglesias de Colombia, en el que la musical concatenación iba de la más pequeña a la más grande para entrar luego en una especie de nota baja y dormilina, de la cual se pasaba al formidable repique del conjunto, un repique alegre, estruendoso que llenaba todo el valle con un sagrado rumor que era una invitación a la piedad.
Después de cumplir este sagrado misterio, nos tendíamos allá mismo, bajo las campanas a mirar tranquilamente hacia abajo en donde transitaba una humanidad endomingada y feliz que iba de puerta en puerta y de calle en calle como preparándose enpiritualmente para la solemnidad.
El origen de las campanas de Girón está ligado a una leyenda tan sentimental como curiosa que es, según me lo decía Joaquín Quijano Mantilla, la nota de más bello sabor terrígena de que podemos enorgullecernos los santandereanos.
Don Pedro Alcántara Rueda a quien conocí mucho, porque estuve en la escuelita privada de su hermana, era en los días de mi niñez un viejo alto, delgado, extremadamente delgado, encorvado y de paso ligero como el de que va a cumplir una misión importantísima dotos los días.
En los tiempos de su mocedad, se hallaba de sacristán de la iglesia de San Juan de Girón, siendo Párroco el inolvidable sacerdote doctor José Alejandro Peralta que después fue Obispo de Panamá.
Un día cayó en cuenta el Párroco de que la iglesiaiba a quedar terminada, pero no se había hecho diligencia alguna para la consecución de las campanas, que todos querían que fueran las mejores de Colombia, y para lo cual se había reunido la suma de catorce mil pesos.
Don José Ortiz, patricio inteligentísimo, observó entonces que las mujores campanas del mundo eran las que se fabrican en Toledo de España.
Pero y quién va a Toledo por las campanas, dijo el presbítero Peralta con el ademán y la entonación de quien ha dicho: Quién va al infierno... Yo voy, yo voy por las campanas, dijo don Pedro Alcántara Rueda, con la misma sencillez de quien dice: Yo voy hasta mi casa y vuelvo.
El Párroco resolvió tomar la cosa a lo serio y le preguntó: Y cuándo podría usted salir? Don Pedro Alcántara Rueda sacó un bello reloj que cargaba en el bolsillo del perenne chaleco de pana, y dijo: Son las dos de la tarde... A las cuatro puedo salir. Efectivamente a las cuatro de la tarde, con su mismo vestido de dril, sus mismas alpargatas de fique, su mismo sombrero de jipijapa, un bojote en la mano y catorce mil pesos en el bolsillo, a pié, como quien iba al Palenque o a los Totumos, salió el sacristán de Girón para Toledo de España. El que tiene boca a Roma va, fueron las últimas palabras del viajero que no había estado sino una vez en Bucaramanga y dos en Floridablanca.
El tiempo fue pasando. Corrieron las semanas y los meses, y de don Pedro Alcántara Rueda ni de sus campanas se tenía la más leve noticia. Al cumplirse el año de su ausencia, se dijo una misa de réquiem por el descanso eterno de aquel bondadoso servidor de la iglesia y del pueblo.
Solo una vez, desesperado ya por el perenne interrogatorio de los feligreses, el presbítero José Alejandro Peralta se atrevió a decir: Yo siempre confié en la honradez de don Pedro Alcántara, pero los hombres somos débiles y viéndolo bien, la culpa la tuve yo...
Un día se reunieron los más distinguidos vecinos a instancias del Párroco para convercerlos d que había necesidad de una colecta y transerse con la compra de dos campanas que vendían en Chiquinquirá. De pronto atravesó la plaza un muchacho que sudoroso y anhelante preguntó dónde estaría el señor Cura y al verlo le dijo: Que don Pedro Alcántara que mande por las campanas. En efecto, las campanas, las ocho bellísimas campanas, habían llegado con don Pedro Alcántara Rueda, el humilde sacristán, desde Toledo de España, hasta Puerto Marta a seis leguas de la población. El recibimiento que se le hizo, según me contaba mi abuelo don Julián Martínez Serrano, fue clamoroso, centenares de hombres fueron hasta Puerto Marta y echaron las campanas a cuestas para traerlas a Girón.
Aquella maravillosa procesión duró cuatro días, y al entrar una tarde, todo el pueblo estaba congregado en la plaza donde hubo bailes populares, pólvora, música y comilona durante los tres días que se gastaron en la colocación de las campanas. En el borde cada una de ellas tiene grabado el nombre del donante, y yo me daba el gusto de mirar hacia una de ellas en donde se veía: "La donó doña Petronila Ordóñez de Martínez". Esa era la esposa de mi abuelo don Julián Martínez Serrano, por consiguiente mi abuela paterna.
Pero qué había pasado en Toledo, y cuál fue la razón de tanta demora? Una bellísima carta traída por el propio don Pedro Alcántara Rueda, lo explica todo. El dinero que llevaba el sacristán no alcanzaba para la compra de las ocho campanas d las condiciones y tamaño que los de Girón exigían, por lo cual don Pedro Alcántara Rueda, resolvió el problema en la forma más honrada y original que hubiere podido imaginarse. Pidió a los dueños de la fábrica que le dieran una colocación para ir abonando en cuenta las campanas de lo que fuera devengando. Así se hizo, y por eso el sacristán permaneció catorce meses en Toledo, mientras se completó la suma requerida.
Esa historia de las campanas de Girón se la refería yo una vez al doctor Luis Eduardo Nieto Caballero quien emocionado por la sugerencia de los detalles me decía: Lástima grande que en lugar de ser una historia, no sea una leyenda. (p.29)
REMINISCENCIAS DE LA INFANCIA cap. II
RECUERDOS DE BUCARAMANGA
Mi primer viaje a Bucaramanga fue quizá por los años de 1905 o 1906. Estaba aún niño, y todo me producía alarma, extrañeza, y miedo: los soldados, los policías en marcha, la banda de músicos dando una retreta, una estatua, un coche, la luz eléctrica, todo tenía para mí un sentido desconocido.
Hay que recordar que por aquel tiempo Girón quedaba a una distancia inconmensurable de Bucaramanga, y que entre las dos poblaciones existía el abismo vital que hoy existe entre Bucaramanga y Moscú.
Son aquellos recuerdos los más gratos y emocionados de mi vida.
Los primeros días de distraía intensamente con las cosas más inocentonas. Oír una retreta, visitar los porques, ir tras los soldados que pasaban en formación, correr tras el preso que arrastraba la policía, o sentarme en las gradas del atrio de San Laureano para ver al General Alejandro Peña Solano, al doctor Guillermo Forero Barreto, al doctor Aurelio Mutis de sacolevita y bastón pasearse a las cinco de la tarde en charla animada, de extremo a extremo.
Cuando algún tiempo después leí con agrado las páginas de Miguel Cané sobre Bogotá, le tomé gran atención a la descripción que el escritor argentino hace del altosano, de la catedral de Bogotá donde él había conocido a todas las grandes figuras de la política y de las letras, paseándose en las últimas horas de la tarde: eran Miguel Antonio Caro, Diego Fallón, Rafael Pombo, José Manuel Marroquín, que iban todos los días a hacer allí su tertulia como lo hacían los prohombres santandereanos en el altosano de Bucaramanga.
Por las noches la plaza de García Rovira tenía una animación que jamás volvió a tener, y era típico aquel ir y venir rumoroso de gentes de todas las clases sociales que deambulaban por entre las chicherías de la acera occidental.
La Castellana, la Socorrana, Soldados a las Armas, la Puerta del Sol, eran expendios que se escalonaban de una esquina a otra, y que desde las seis de la tarde hasta las once de la noche daban a la plaza un aire animado y festivo.
Pero Bucaramanga no tenía ni siquiera una mediana semejanza con lo que es hoy, y si fuéramos a hacer una comparación rigurosa más bien se acercaba, pero mucho a la acogedora pero modestísima Villa que en 1828 se vistió de gala para recibir a Bolivar.
Como era natural no existían automóviles, y los coches tirados por las mulas o caballos se reducían a dos o tres entre los cuales recuerdo el de uso público que manejaba su dueño don Emilio Palau, catalán desenfadado y dicharachero, que se había hecho al cariño de la población, y el de la familia Larsen que entraba y salía por las mañanas y por las tardes dando tumbos sobre los grandes empedrados de las calles, con las señoritas de la casa, damas señoriales, pero que tenían fama de orgullosas.
Luego aparecieron otros dos, y entonces la sociedad se fue acostumbrando, y casi enviciando a los paseos que se hacían los domingos y fiestas de guardar.
Valía dos pesos la hora, yo me acuerdo mucho de unas muchachas muy simpáticas que vivían frente a mi casa, y los domingos tomaban irremisiblemente media hora de paseo en coche.
A las tres o cuatro de la tarde, cuando el tiempo se había cumplido, al parar el coche frente a la casa, una de ellas pedía afectuosamente: Señor Palau, la ñapa. El señor Palau, sonreía, daba un fuetazo a las mulas, y salía a darle una vuelta a la manzana.
En cambio de esto la costumbre de montar a caballo había hecho carrera triunfal, por las tardes los elegantes de la ciudad, salían en sus briosos corceles a pasarle a la novia, a la que homenajeaban, con una parada en las patas de atrás, espectacular y peligrosa.
Fue cuando se pusieron de moda las casas con pesebrera, y nadie compraba en Bucaramanga una casa sin que se el dijera que tenía pesebrera, solar y puerta de atrás.
Y fue cuando se pusieron en boga los encuentros a caballo, en los que se derrochaban la animación, pólvora, cápsulas y baile.
Por entonces hubo en Bucaramanga varios encuentros que son todavía memorables. Pero los que yo recuerdo con mayor emoción son los que se hicieron al Cardenal Ragonessi, que venía en su carácter de nuncio apostólico, y cuya visita hizo época en la ciudad, pues era el primer diplomático del Vaticano que había visitado a Bucaramanga y al besarle el anillo, las damas creían que estaban acariciando la mano paternal y temblorosa de Pío X.
Pocos años después se le hizo también un magno recibimiento al General Gabriel Vargas Santos que venía de los Llanos y se había demorado unos días en Girón visitando a su íntimo amigo y copartidario el doctor Facundo Navas.
Cerca de mil jinetes entraron detrás del antiguo director de la guerra que encabezaba el desfile grave, sereno y casi melancólico, quizá al recordar la entrada que hacía 10 años había hecho a Bucaramanga a la cabeza de los ejércitos revolucionarios.
Bucaramanga era todavía la ciudad sencilla, la boriosa, y casi cándida que yo hubiera querido que siguiera siendo, con 30 mil habitantes, calles rectas, y bien empedradas, y con un templo que según la geografía de Carlos Martínez Silva era casi el mejor de Santander.
Era la ciudad de los grandes arrestos espirituales, sin estos políticos sabios y zoilos de hoy, con gentes patricias, denodadas y austeras, y capaz de dar de cuando en cuando esos grandes espectáculos que dió cuando hubo necesidad de exigir el Ferrocarril de Puerto Wilches o de impedir la vigencia de una ordenanza estúpida contra el tabaco.
Esa si era la gran ciudad, digna de que desde ella hubiera ejercido la dirección de su partido hombres de la grandeza moral de un Ramón González Valencia o de un Benjamín Herrera. (p.36)
FERIAS Y FIESTAS
Estas muchedumbres abigarradas, pintorescas y entusiastas, que casi irracionalmente van por entre los pasadizos y los vericuetos de la típica ciudadela, donde en realidad residen y funcionan las ferias de Bucaramanga, tienen un aspecto tan bohemio y tan atrayente que nos llevan por ensueños a mundos apenas sospechados por la imaginación de sus mejores ratos.
Poco más o menos así debieron ser los suburbios y barrios bajos de la Roma pagana, si hemos de dar crédito a los que sobre la Ciudad Eterna han dicho Monnsem y Gibbon.
Un remedo de estos eran las temporadas de feria y fiestas en ciertas poblaciones, especialmente en Girón y en Bucaramanga, de las que decía el ingenioso doctor Manuel Ibáñez que podían anunciarse en cualquier parte como fabricantes de chismes, tamales, mellizos y fiesta de plaza.
Hay que explicar, para interpretar enojosas interpretaciones, que Bucaramanga apenas era, por entonces, un remedo de ciudad, y las costumbres sociales descansaban, como en todos los pueblos incipientes, sobre la chismografía ingeniosa y a veces sencilla que se apoderaba del medio.
Las últimas fiestas de plaza que se celebraron en Bucaramanga serán memorables por los típicas, animadas y concurridas. (es transcripción literal, hago constancia de ello pues me parece raro que diga así).
Tomaron parte en ellas el Presidente de la República, General Pedro Nel Ospina y su Ministro de Obras Públicas doctor Laureano Gómez que estaban entonces en la plenitud de la vida, vigorosos, juveniles y alegres.
El pueblo gozaba intensamente, codeándose de igual a igual con los dos ilustres colombianos, a quienes llamaban desde cualquiera de las cantinas de la plaza, copa en mano, diciéndoles: Ala, viejucho, vení y te metés el otro. Y ellos, sonriendo, atendían la invitación, recibían la copa, apuraban el licor y metiendo la mano en el bolsillo sacaban un billete de cinco pesos, como cualquier fiestero, y ordenaban otra tanda diciendo: El día de gastar se gasta.
Pedro Nel Ospina parecía un mariscal prusiano a caballo, con sus mostachos retorcidos y su cabello alborotado por los vientos felices de la tarde.
Cuando el primer día entró a la plaza de toros en medio de ciento cincuenta jinetes que compartían con el ilustre mandatario la animación espiritual a que convidaba el festivo amabiente local, todos esperimentábamos, como un dulce argullo republicano, y con ingenua espontaneidad nos sentíamos bien regalados por haber nacido en una tierra en donde se daban de vez en cuando semejantes espectáculos.
Lo mismo eran las fiestas de plaza en San Juan de Girón, donde se daban cita, tarde por tarde, como alféreces, los mejores cachacos de los municipios circunvecinos.
El grupo de mantenedores, como se les llamara hoy, entraba en briosos corceles llevando sendas botellas de brandy jerez en la mano para repartir al vecindario desde por la mañana hasta por la noche, cuando el pueblo comenzaba a caer dormido por el alcohol en plazas y calles y cantinas, pedazo a pedazo, como las carnes de Lázaro.
Uno de los recuerdos más risueños y felices que guardo de mi feliz infancia es el de un hombre delgado y magro que trepado en una escalera pegada en la esquina de mi casa un inmenso cartelón multicolor, adornado con una gran cabeza de toro, de astas inmensas, bajo la cual se leía, en letras grandes y gordas: "Ferias y Fiestas en Girón". (p.39)
EL CORPUS CRISTI
Los jueves de Corpus fueron en otros tiempos días de animación agraria para los colombianos, y yo recuerdo de niño la impresión que me producía ese fervor popular en torno a los altares y a los arcos donde tendían frutas de todas clases y animales que apenas en tales ocasiones se dejaban ver del hombre.
La imaginación popular se desarrolló también hermosamente con las retahilas en verso que le colgaban a las iguanas y a los armadillos y fueron expresión auténtica del folclor nacional.
Fue descuidarse la celebración de los jueves de Corpus y desaparecieron del costumbrismo agrario muchas frutas que llegaron a ser manjar delicioso de la niñez.
Yo no he vuelto a ver en ninguna parte un gajo de chimpamplonas, ni de pachuacas, y casi ni de granadillas pues poco a poco nuestros fruteros han ido reduciéndose y esterilizándose hasta quedar reducidos a la papaya que se da en los solares y a las naranjas ombligonas que no saben a nada.
Parece que ignoráramos hasta qué punto penetra en la vida pública del pueblo el sentido de estas tradiciones que poco a poco se van olvidando y convirtiendo la vida en un largo proceso de aburrimiento y de holgazanería.
En la vida de don Rufino Cuervo cuenta cu hermano con Angel Cuervo, con frases encantadoras, que en los días de vacación la familia se trasladaba a la hacienda del Boyero y allí los muchachos se levantaban temprano y se montaban sobre ariscos terneros ante las risotadas de benemérito patricio que luego los llevaba a trabajar denodadamente en la apertura de un vallado o en la limpia de una asequia o en la reparación del camino público y era aquel trabajo de tan meritoria simpatía, que los grandes señores de la Sabana al pasar junto a ellos paraban sus cabalgaduras, se desmontaban y decían: Vamos a ayudar a los hijos del doctor Cuervo. Para Noche Buena, se hacía en la casa en familiar trajín del que participaban los grandes y los chicos, gran cantidad de amasijos de todas clases, arepitas, buñuelos, panderos, en fin, cuanto inventó la glotonería inofensiva d la época.
Hoy ninguna familia da este espestáculo de sencillez y de amenidad, y al salir de los colegios y de las escuelas, los muchachos viajan a las grandes ciudades, pasean en automóvil, van a cine, enamoran, beben y complican la vida ceremoniosamente.
Pero a ninguno se le hace sentir la intensidad de estas emociones porque la existencia ha perdido todos sus coloridos más piadosos, más benévolos y más atrayentes.
Yo quisiera que estos Jueves de Corpus volvieran a tener el fervoroso y animado sentido de otras épocas, y vuelvan los campesinos a estrenar camisas y alpargatas, y lleguen al pueblo con los animales de monte al hombro y los grandes recimos de plátanos para señalar orondamente a la admiración pública y pasar un día de confraternidad y de encanto junto a las frutas en sazón que llenan de aroma delicioso la plaza del pueblo. (p.41)
EL SENTIDO DEL PAISAJE
Ayer al volver a pasear por el sitio de Campo Hermoso, regresé espiritualmente a mis tiempos de colegial, cuando bajo las órdenes de un jesuíta miope y cariñoso iba por allí de paseo en las tardes del domingo y del jueves.
Esa era para mí una expansión gratísima, y me encantaba aquel recorrido a lo largo de la ciudad, en fila, con cuarenta a cincuenta estudiantes más, pra quienes era una encatadora novedad el edificio del señor Clausen, con sus puertas mecánicas que se abrían y se cerraban estrepitosamente, el Teotro Peralta donde daba recitales Justo Pastor Ríos, poeta antioqueño, y la casa del balcón llamada por el instinto popular el Vaticano, porque era por entonces la más alta y notoria de la ciudad.
En ese tiempo oí por primera vez tocar un piano en la sala de una de las familias notables de la ciudad.
Hoy tener un piano es tan poca gracia, como tener una dulzaina o un tiple, pero en aquellos años de 1908 a 1915 por ejemplo, era casi un milagro y tenía las proporciones de verdadera hazaña heróica.
Hay que saber que ese piano salido cómodamente de Zurich un día, había atravesado el Atlántico en una bodega donde los pasajeros de tercera clase se acostaban ebrios, escupían y tiraban sus desperdicios.
En Puerto Colombia a donde llegaría un mes después, pasaría por los más inverosímiles percances, hasta llegar a coger uno de los vapores del Río Magdalena y trepar lentamente en dos meses hasta que alguna persona influyente lograra su despacho, en canoa, río arriba en viaje peligroso de una semana para llegar a Puerto Santos en donde arrieros fornidos y valerosos lo traerían arrastra hasta Bucaramanga, donde muchas veces quien esperaba el piano recibía una campana, una piladora de café o un trapiche, porque se había confundido en el camino.
Santiago Pérez Triana que estuvo en Bucaramanga a fines del siglo pasado no se explicaba cómo habían podido llegar hasta aquí esos grandes espejos de cristal de roca que decoraban bellamente su sala, los pianos donde manos ágiles de mujeres se ejercitaban dulcemente; las campanas en los altos de la torre que llamaban a la oración, los trapiches, los motores, las piladoras, las descerezadoras, y toda esa maquinaria formidable que estaba empujando los primeros pasos de la civilización santandereana.
Por donde quiera que estuve de paseo en aquellas excursiones y que en aquel tiempo eran encantadores lugares campestres, me he acostumbrado a ir encontrando ya oronda y enhiesta la ciudad, con sus barrios modernos, y sus edificaciones hermosísimas.
Campo Hermoso era uno de los lugares excéntricos y más literalmente rurales de la ciudad, pues yo recuerdo que a lo largo de toda la travesía de esta meseta, solo se encontraba la casa de balcón donde vivía el doctor Samuel Rey que todavía se alza vigilante y altiva, donde el camino de Girón comienza a descender en busca del río.
Pero en aquel tiempo la naturaleza era por allí como más variada, más fuerte, más original y menos técnica y monótona y desabrida que hoy.
Tenía cierta apariencia enmarañada aquel paisaje que se parecía mucho a esos paisajes por donde Tarzán aparece de súbito para librar al europeo del asalto de una pantera.
Había miles de miles de guamos que hacían más atrayente el paseo, y que denunciaban que por allí habían existido grandes plantaciones de café.
Yo tengo la seguridad de que los bumangueses desconocemos a Bucaramanga tanto como a Bogotá, a Barranquilla, o a Cali, y que ignoramos por completo ese sentido amable de la existencia que pudiera llamarse la cordialidad por la geografía que tanto tienen los europeos, y especialmente los ingleses.
Nosotros ahorramos muchas veces para salir después de grandes sacrificios a conocer paisajes y cosas que perfectamente pudiéramos encontrarlas a la mano, pero carecemos del amor a lo nuestro, el apego a nuestras cosas, y así preferimos quedarnos perezosamente sentados los domingos, conversando cosas inútiles y triviales en lugar de salir a meternos el paisaje dentro del alma, como lo dice don Miguel de Unamuno.
El otro domingo estuve recorriendo igualmente los sitios de la cabecera del llano, solamente me encontré haciendo lo mismo a un hombre enfermo, que sentado en una piedra miraba hacia la ciudad con una mirada lenta y opaca, que me hizo recordar el resucitado, según la parábola de Víctor Hugo. (p.44)
RECUERDOS CLAVERIANOS
Con la misma afectuosa camaradería de siempre, celebraron el domingo último su fiesta tradicional de claverianos.
Es esta una cita anual que se hacen los acutales y los antiugos estudiantes de San Pedro Claver con el noble motivo de recordar un poco los viejos tiempos y los viejos maestros, de contarse cuitas y alegrías, de comentar sin resentimiento y sin rencor las cosas del pasado y en fin, de buscar motivos comunes de solidaridad para la lucha.
En un modesto libro que tengo para publicar ya, hago el relato de algo que me aconteció en una de estas fiestas, cuando se resolvió que los concurrentes al banquete fueran elegidos en votación popular por los cursos respectivos, y a mí me eligieron mís compañeros del tercer curso.
Orondo y risueño, lleno de íntimo orgullo, pues creía que así comenzaba la vida pública, ocupé mi puesto en una de las mesas de ágape.
Vi por primera vez entonces, a varios de los hombrs que llenaban o comenzaban a llenar con sus hechos la vida política y literaria de Santander: Emilio Pradilla, Leonardeo Mantilla, Ricarde Serpa, Felix J. Mantilla, Daniel Peralta, Francisco Pradilla, Martín Carvajal... Por último y ya bien retrasado, entró uno que fue muy mirado por su aspecto medio bohemio, de cabellera alborotada y de cara larga y sonriente.
Era el doctor Luis Emilio Durán, de quien en voz baja se habló allí, que acaba de tener en Bogotá un resonante triunfo con la recitación de uno de sus poemas que había electrizado a más de treinta mil personas en la plaza de Ayacucho.
De un momento a otro estalló la curiosidad común, y todos pedimos que hablara Luis Emilio Durán quien con voz ronca, ademán estrambótico y desenfadado y notorio orgullo mental, nos recitó el poema del triunfo que se titulaba Blasón, y que decía:
Heroísmos innúmeros y grandes
hazáñas victoriosas y proceras
y apareció en la cumbre de los Andes
un tremolar glorioso de banderas...
Y fueron cinco líneas de laureles
como enorme y soberbio pentagrama
donde escribió con notas de claveles
un himno al triunfo la voluble fama.
Dormitaba el cóndor sobre una roca
era ya un sueño que duraba mucho
y fueron a turbarlo con su loca
alegría las dianas de Ayacucho.
Y saliendo del fúnebre letargo
recogió con sus garras nuestra historia
y dando un grito penetrante y largo
se remontó a la cumbre de la gloria.
Y desde entonces orgulloso y mudo
como sintiendo crepitar las balas
sobre el límpido marco de su escudo
como un penacho negro abre las alas.
Es patria tu pendón jamás vencido
sin que por ello tu virtud se asombre
pedazo que del iris desprendido
cayó hace un siglo de subrayar tu nombre.
Por él combatiremos nuestra vida
suya será o en triunfo o en derrota
que al caer en la lucha enardecida
no faltará para vendar la herida
algún girón de la bandera rota...
Cuando conocí a ese ingeniero que regresaba de México a ocupar de nuevo sus cátedras en Buenos Aires, tuve la gratísima y feliz oportunidad de oírle una charla que sostuvo con los periodistas en Panamá entre los cuales estaba el poeta Ricardo Miró que hizo de ella una reconstrucción verdaderamente afortunada.
Versó ella sobre el tema del compañerismo juvenil y sobre lo que es y lo que debe ser el condiscípulo para con el condiscípulo.
El ilustre fiósofo llamó la atención hacia la diferencia de sentimientos que sobre el particular tienen los europeos y los americanos para censurar la facilidad conque entre nosotros se olvida al que nos ayudó un día con una señal oportuna a ganar el curso de latín, y la importacia que en algunos pueblos de Europa se da al que se sentó junto a nosotros en las bancas del colegio y aún de la escuela.
Después leí en algún libro encantador el caso insólito de un escritor, de quien habló Edmundo de Amicis y quien hizo un penoso viaje de Londres a Buenos Aires para asistir en una grave enfermedad a un condiscípulo que había caído en cama y se hallaba en aquella populosa ciudad sin amigos ni parientes.
Estas fiestas que anualmente celebran los claverianos, pueden ser un buen tratamiento contra esa falta de sensibilidad y de ternura que hace tan desabrida la vida. (p. 47)
LA HISTORIA Cap. III
BOLIVAR POETA
Se aha vuelto a escribir en estos días sobre el sacerdote nortesantandereano Secundino Jácome, benemérito hombre de iglesia, de quien se afirma que fue hijo del Libertador, habido en una esclava que pusieron a su servicio las autoridades de Mérida durante la campaña de 1813.
Tan pronto como leí la última página sobre este particular, recordé la estrofa escrita por Bolívar en la misma población de Mérida e inserta en una carta dirigida el 22 de julio de 1813 al Coronel Manuel Jacinto Martel, quien le solicitaba permiso para vender unas mulas, y con ese dinero, hacer el bautismo de uno de sus hijos.
La estrofa que es auténtica, remata la epístola y dice:
Tantas razones son nulas
para quien no tiene madre
ni jamás ha sido padre,
pero venda usted las mulas.
Como se sabe, es mucho lo que se ha discutido en torno a la capacidad del Libertador para los versos, ya que como poeta en prosa fue uno de los más admirables creadores de belleza, como puede verse en sus discursos y proclamas y en su delirio al pie del Chimborazo.
Lo que es un hecho es que Bolívar gustaba de discutir y hablar sobre poesía, y métrica, y prueba de su capacidad técnica en la materia nos la ofrecen sus cartas a José Joaquín Olmedo, cuando éste le envió la primera copia del canto a Junín.
Hay en las observaciones de Bolívar rasgos de ingenio y conocimientos profundos de métrica y poética, por lo que el cantor guayaquileño le dice en alguna ocasión que si se hubiera dedicado a la poesía, hubiera llegado a las más grandes alturas.
Pues bien: el hecho de que Bolívar, en su jocosa estrofa, advierta que no tiene madre y que jamás ha sido padre, no deja de ser una razón de peso para duadr de la paternidad que se le viene atribuyendo, aun cuando había que cotejar fechas para saber si por aquel entonces el héroe máximo de América ignoraba que tenía descendencia ilegítima.
No fueron los únicos estos versos escritos por Bolívar, y con motivo de la batalla de Horcones, en la cual perdió la vida un hijo de su amigo íntimo el patricio venezolano Ignacio Rodríguez Picón, le escribe desde Barquisimeto una carta de condolencia que remata con la siguiente estrofa:
Y tú padre que exhala suspiros
al perder el objeto más tierno,
interrumpe tu llanto y recuerda
que el amor a la patria es primero.
No nos quedó del Libertador una obra en verso completa y por la cual pudiere juzgarse de su capacidad y de su inspiración.
En San José de Cúcuta fue donde Bolivar hizo su primer ensayo métrico y parece que alcanzó a escribir un soneto del que por desgracia se perdieron el segundo cuarteto y los dos terceros, quedando solamente como muestra la primera estrofa que dice:
Compañeros que diga Santa Audacia
que en busca del suplicio o la victoria
aún más terrible sois en la desgracia
el peligro mayor es vuestra gloria.
Lo que sí es un hecho es que Bolívar era muy inclinado a la poesía y solía recitar, ya paseándose por los corredores de sus casas de habitación o ya recostado en su hamaca, las estrofas preferidas de los cantos mejores, especialmente de la literatura francesa a la que era muy aficionado.
Muchos de sus biógrafos, especialmente Louis Perú de L'Croix y el general Guillermo Miller así lo testifican.
En una carta suscrita en el Cuzco el 27 de junio de 1826, y dirigida a José Joaquín Olmedo, tiene sobre el canto a Junín una apreciación maravillosa que denota su capacidad de crítico literario, y es cuando le dice: Todos los colores de la Zona Tórrida, todos los juegos de Junín y Ayacucho, todos los rayos del Padre de Manco Capac no han producido jamás una inflamación más intensa en la mente de un mortal. Usted dispara donde no se ha disparado un tiro: Usted abraza la tierra con las ascuas del eje de las ruedas de un carro de Aquiles que no rodó jamás en Junín: Usted se hace dueño de todos los personajes; de mi fortuna en Júpites, de Sucre en Marte, de Lamar un Agamenón; de Córdoba un Aquiles; de Necoechea un Patroclo; de Miller un Diómedes y de Lara un Ulises. Todos tenemos nuestra sombra divina o heróica que nos cubre con sus alas de protección como ángeles guardianes. Usted nos hace a su modo poético y fantástico, y para continuar en el país de la poesía la ficción de la fábula, usted nos eleva con su deidad mentirosa como el Aguila de Júpite levantó a los cielos la tortuga para dejarla caer sobre una roca que le rompiese sus miembros rastreros.
Usted pues, nos ha sublimado tanto que nos ha precipitado en el abismo de la nada, cubriendo con una inmensidad de luces el pálido resplandor de nuestras opacas virtudes.
Me parece que fue don Rufino Blanco Fombona uno de los grandes devotos de Bolívar el que al hablar de esta carta sostiene que ella es de tan áspero humorismo, que llegó a resentir la buena amistad que existía entre el héroe de Junín y el cantor de sus glorias. (p.54)
JUAN JOSE RONDON
Una de las figuras más gallardas en la historia de nuestra magna lucha libertadora es, sin duda alguna la de Juan José Rondón el bravo Coronel de Caballería.
Fue Juan José Rondón uno de aquellos sencillos y modestos que se enrolaron dentro de las huestes libertadoras por un nítido sentido patriótico, y que combatieron, sufrieron, triunfaron o fueron vencidos sin que jamás agregaran a su decisión fundamental la más ligera ambición de granjería o de aprovechamiento. Por eso la historia lo reconoce exclusivamente en los relatos de las grandes batallas, sin que luego se le vea aparecer sino por rarísima excepción en un congreso, en un gabinete, o en la gobernación de alguna provincia lejana.
Algunos de ellos como José Carmona o Hermógenes Maza se recluyen en Mompós o en El Banco y consumen su existencia, ya inútil, bebiendo aguardiente y librando intermperantes polémicas lugareñas.
Otros, como Leonardo Infante, se quedarán en Bogotá arrastrando su vida por las trastiendas de las Cruces o Egipto, trampeando el valor de una tanda de cerveza cabuya, y arremetiendo con la espada que venció en Junín o en el Pantano de Vargas contra rivales y malquerientes, hasta trepar un día al patíbulo bajo la severa y minuciosa administración del Hombre de las Leyes.
Tras de Juan José Rondón viene de centuria en centuria iluminándolo de gloria la frase angustiada de Bolivar, cuando en el Pantano de Vargas, al ver en peligro la acción, corre hacia él en su caballo blanco y con voz de afán le grita: Coronel, Salve usted la patria.
Esta sola frase, salida de labios del libertador, da al jefe de la caballería independiente el derecho a la inmortalidad.
Con ella Bolívar dió ante la posteridad testimonio irrecusable de cuanta confianza se podía tener en el denuedo, en la lealtad y en el talento de Juan José Rondón.
Pues bien: hasta hoy Juan José Rondón figuraba como venezolano, y de ello se enorgullecía la república amiga.
Pero para el aniversario de la batalla del Pantano de Vargas, el estudioso y sagaz dominicano Jorge Caro reveló en pleno campo, donde se libró la batalla que preparó la del Puente de Boyacá, que el Jefe de Caballería Republicana era colombiano, qu había nacido en Soatá.
Yo estaba presente, entre cinco mil campesinos boyacenses que escuchaban la palabra del orador sagrado, cuando hacía esta revelación llena de regocijo y de emoción a Colombia, y me produjo un profundo sentimiento de admiración la sensibilidad exquisita de aquella raza, que reaccionó inmediatamente con la noticia y prorrumpió en vítores al héroe y a su patria. Mucho se ha hablado de que Venezuela nos prestó sus mejores guerreros, y aún se comenta con cierto humorismo el hecho de que nosotros hubiéramos abundado en oradores y leguleyos.
Por eso la adquisición histórica de Juan José Rondón tiene un significado de revaluación generosa que debemos agradecer a los pacientes investigadores que huella tras huella, nota tras nota, págnina tras página, husmearon la cuna del héroe, hasta lograr encontrarla meciéndose en un hermoso pueblo boyacense.
De hoy en adelante Soatá unirá al orgullo de sus productos naturales, tan de primera calidad, la íntima satisfacción de haber dado a la independencia unos de los más valerosos luchadores. (p.57)
LA PRIMERA BATALLA DE BUCARAMANGA
Hace cien años, es decir para los meses de julio, agosto y septiembre de 1854, se sucedieron en Bucaramanga los más graves y extraordinarios acontecimientos, que dieron a la ciudad especial categoría política.
Gobernaba la República por un golpe militar, que había depuesto al general José María Obando, el desventurado y valeroso general José María Melo, y en Bucaramanga se hallaba el Jefe de la plaza el general Martiniano Collazos, perteneciente a una familia muy distinguida, y que por entonces era muy numerosa.
Sus enemigos se organizaron en Piedecuenta, y se presentaron en Bucaramanga el 11 de julio comandados por el general Joaquín Reyes y el coronel Cándido Rincón.
Los fuegos se rompieron en las propias calles de la ciudad, la batalla duró todo el día, en medio de las mayores sorpresas que la mantuvieron indecisa, hasta que de pronto el general Martiniano Collazos, que trató de acercarse al cuartel para tomar algunas medidas, quedó perdido y desconectado del resto de su ejército, lo que le costó la vida.
Al salir precipitadamente hacia la calle, se encontró con sus enemigos, y se volvió hacia el patio de la casa, donde se ocultó dentro de una gran pipa que había cerca, y entonces el sargento Ramón Osorio que lo vió, le hizo fuego, causándole una herida mortal en la frente y cayendo prisionero, ya moribundo.
En una casa vecina se le presentaron los auxilios médicos con el doctor Pedro Alcé Chambón, quien apenas le examinó, declaró que la herida era mortal, y que solo le restaban pocos momentos de vida.
Acababa de emitir esta opinión el facultativo, cuando el General expiró, quedando la plaza en poder de las fuerzas revolucionarias de Piedecuesta, que no se sabía en realidad si estaban con el gobierno de Melo o contra él.
Pocos días después, ya al comenzar agosto, llegó a Bucaramanga, con una división legítima el General Tomás Cipriano de Mosquera, y llamó la atención de la ciudad lo bien organizados de aquellos batallones, lo bien provistos y lo bien vestidos, la buena artillería y la magnífica banda de música que traía.
Era jefe de los melistas en la ciudad, don Francisco Martínez, quien al saber la llegada de Mosquera se ocultó con toda su familia.
El General Tomás Cipriano de Mosquera, con el ímpetu con que sabía hacer sus cosas, ordenó buscarlo afanosamente, y así se procedió a hacerlo por las autoridades.
Fue entonces cuando una mujer llamada Antonia Bueno, dió a la raza un honor comparable a los que la historia nos cuenta de Guzmán el Bueno en Taiba o de José Moscardó en el Alcázar de Sevilla.
LLevaron a Antonio Bueno a uno de los cuarteles y comenzaron a torturarla, para que dijera dónde se hallaban sus amos.
Miserables, les dijo, sé dónde están, pero pueden matarme de una vez, porque no les revelaré este secreto.
Cuando el General Tomás Cipriano de Mosquera supo lo que estaba sucediendo, se encaminó hacia el lugar donde se torturaba a Antonia Bueno, la felicitó, y la hizo poner en libertad.
Pero aquel mismo día fue aprehendido Elías Castillo, melista desaforado, a quien el caudillo caucano ordenó fusilar.
Se recordaba en Bucaramanga que en 1840 el mismo General Tomás Cipriano de Mosquera había fusilado dos desertores, y que no había valido nada absolutamente nada para obtener su perdón, por lo cual la sociedad se puso en marcha, a fin de salvar al condenado a muerte que gozaba en la ciudad de mucha estimación.
Solo media hora antes se logró calmar las iras del caudillo con un memorial muy elocuente que redactó el eminente abogado doctor Alipio Mantilla.
No todo fueron suceos bélicos en aquella época y en aquellos días, y apenas se había tranquilizado Bucaramanga con la marcha de las fuerzas militares, cuando algo inexplicable vino a conturbar el ánimo de todos, y a sembrar verdadero pánico en las familias.
La señora Benita Sordo de García, tuvo la desgracia de perder a una de sus hijas, muy querida de ella, y desde entonces, comenzó a visitar su tumba, pero lo hacía en las horas de la noche, pues entre el día las ocupaciones no le daban tiempo.
En esta piadosa y fúnebre tarea la acompañaban dos amigas que entraban con ella noche por noche hasta el lugar donde se hallaba la tumba de su hija.
Una vez estaban las tres matronas rezando, por el descanso eterno de la muerta, cuando de una tumba vecina se alzó un bulto extraño que levantando las manos exclamó en tono dolorido:
Y por mi también, y por mi también recen.
No se habían recuperado de la súbita sorpresa las tres visitantes, cuando de la tumba siguiente se adelantó otro cuerpo semejante gritando lo mismo: Por mi también, por mi también.
Y el fenómeno se fue repitiendo en ocho o diez tumbas más, de manera que al día siguiente, cuando se supo que unos hombres que pasaban a las siete y media de la noche por el cementerio se habían dado cuenta del suceso, habían tenido qu sacar privadas de conocimiento a las tres matronas, la consternación no tuvo límites.
Entonces se organizó una verdadera campaña de responsos y oraciones por las almas del purgatorio que parece hasta ese día permanecían un poco abandonadas en Bucaramanga. (p.60)
EL MÉDICO DE NAPOLEÓN
Ernesto Robujón muy opaco escritor francés, acaba de publicar un libro interesantísimo sobre la vida y la persona de uno de los médicos que asistió a Napoleón en su destierro de Santa Elena.
Ya sabemos, porque nos lo cuentan los biógrafos el concepto que los grandes caudillos han tenido sobre la medicina y sobre los médicos: Bolívar se burlaba de las porciones que trató de suministrarle en Bucaramanga su médico, y José de San Martin se recetaba así mismo con una terapéutica origninalísima y personal.
El mismo Rafael Núñez, según nos lo cuenta en confidencias amabilísimas doña Soledad de Núñez, no consultaba médicos, y se rectaba él mismo por el sistema de la homeopatía, cosa que nos parece hoy un poco ridícula, pero por aquellos años de 1880 a 1900 era un sistema muy popularizado en el mundo.
La familia de Napoleón recibió el encargo de suministrar un médico para el gran prisionero de Santa Elena, y no se sabe por qué motivo acogió a Francisco D'ntomarchi, que era como se sabe hoy por los documentos que acaban de publicarse, un pobre boticario sin mayores conocimientos, sin grado alguno, sin experiencia, y lleno de una petulancia fastidiosa.
Cuentan estas páginas encantadoras que el médico D'ntomarchi llegó a Santa Elena un año después de haber sido contratado, pues anduvo por Roma, París y Londres repartiendo tarjetas, en las que constaba debajo de su nombre el título de médico oficial de Napoleón.
Pero quizás mejor hubiera sido que no hubiera llegado jamás, porque desde el primer día se convirtió en verdadera camorra para el héroe vencido que sufría de la grave enfermedad al hígado que lo llevó al sepulcro, y que D'ntomarchi no conoció ni podía conocer, porque como ya lo sabemos, era un simple boticario bastante torpe de la cabeza.
Constan en este libro los diálogos permanentes que sostenía Napoleón con su médico y son muy diferentes de los que el mismo D'ntomarchi nos relató en los dos tomos de su memoria que hasta hoy pasaban por ser una de las documentaciones más serias sobre Santa Elena y su prisionero. Consta por estas revelaciones íntimas, que D'ntomarchi descuidó a Napoleón en forma tan sospechosa y criminal, como solo los ingleses podían saberlo, ya que tan pronto el ilustre enfermo falleció, el oscuro profesional con la fama que le daba su último cargo de médico de la cabecera del emperador se trasladó a Londres donde recibió favores y honores.
Lo que no resulta muy explicable para este concepto deprimente que se nos quiere hacer formar de Francisco D'ntomarchi es el hecho de haberle legado Napoleón en su testamento una fuerte suma como reconocimiento a sus servicios.
El corzo no era de aquellos que se engañaban así mismo, y lo hubiera estigmatizado si hubiera tenido causa para ello en la misma forma que estigmatizó a Inglaterra cuando inició su testamento diciendo: "Muero prematuramente asesinado por el gobierno inglés". (p.62)
EN BUSCA DEL PASADO
El doctor Alberto Ruiz Barrera entró a la Dirección de Educación Pública de Santander, con un espíritu muy distinto al que hemos conocido en la mayor parte de los funcionarios de este ramo, que se contentan con desembarazarse de la serie de maestras y aspirantes, y luego se encierran en sus oficinas a mirar por las ventanillas hacia el reloj de San Laureano para esperar que den las doce del día y las cinco de la tarde.
Alberto Ruiz Barrera tiene ideas e intenciones nibilísimas como las de procurar devolverle a Santander su prestigio cultural y espiritual.
Para ello va a comenzar por crear de nuevo la Socidad Pedagógica, que tanto prestigio tuvo por allá por los años de 1905 a 1910 y a la cual pertenecieron gestes de la mayor significación mental que haya tenido la comarca.
José María García Hernández, Manuel Enrique Puyana, Gonzalo Carrizosa, Félix Joaquín Consuegra, Elena Arenas Canal y muchas otras figuras de primer orden se agruparon entonces y dieron a la pedagogía santandereana tanto brillo y tanto prestigio que todavía se recuerdan sus trabajos y se siente por esa iniciativa una honda y profunda admiración.
La reanudación de la Revista Lecturas, como órgano de la sociedad, me parece también una iniciativa estupenda, ya que aquella publicación es quizá la mejor que el país tuvo en su época y a la cual solo se le acercó poco después el acierto de la Escuela Primaria, bajo la dirección espiritual del doctor Martín Carvajal que le devolvió a la cultura santandereana mucho de lo que había perdido en tan pocos años.
Cuando uno recorre los estantes de su bibilioteca buscando algún ejemplar perdido de Hipólito Taine o de Macaulay, siente una satisfacción indecible al tropezar de pronto con un tomo de lecturas y abrirlo y releerlo con aquella lenta emoción con que suelen leerse los libros viejos que hemos tenido en nuestras manos durante momentos memorables.
Allí encuentra uno el estudio de Manuel Enrique Puyana, sobre el dramaturgo Enrique Ibsen, "Inmortalidad", el poema hermosísimo de Ismael Enrique Arciniegas y estudios pedagógicos y literarios como el de José María Hernández sobre el infinito, como el de don Simón S. Harker sobre el Lejano Oriente, como el de el R. P. Mario Valenzuela sobre los Dolores de la Patria y aquí y allí, al pie de páginas inolvidables, las firmas de Tobías Valenzuela, la de Natividad Meneses, de Helena Rincón, de Margarita Madiedo, de Helena Arenas, de Antonio Valdivieso Reyes, de José María Phillips, de Miguel de Toro y Gómez, de Phill Haksphiel, de Félix J. Consuegra, d Pablo Emilio Villar, de Luis Alfredo Bernal, de Francisco A. Paillié y de tantos otrso intelectuales y escritores amenísimos que hicieron le lecturas, un monumento de sabiduría amena y sencilla.
(p.64)
FIN DE LA HISTORIA, NO PORQUE AQUÍ TERMINE, SINO PORQUE HASTA ÉSTA PÁGINA SE SALVÓ EL LIBRO.

2 comentarios:

JAIME ZARATE dijo...

que cantidad de teoria en cada articulo, por favor colocque mas imagenes. gracias

ISABEL C. VALDIVIESO P dijo...

Muy interesante relato de la vida del Giron de mis padres, abuelos, visabuelos...... que nos traslada a los tiempos de gloria de la ciudad y sus caballeros andantes. Seria estupendo poder leer el resto del libro sobre todo para los que estamos en el extranjero y no tenemos acceso a él.

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Interés por el patrimonio histórico,cultural e ideológico de la región en que vivo. Equipo de Trabajo integrado por: JAIME ENRIQUE ZARATE, LUIS FRANCISCO HERNÁNDEZ Y JOSÉ ANTONIO PRADA.